Alrededor de Lorena 

Editorial Mondadori – Literatura Mondadori

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“Alrededor de Lorena” aborda, con una prosa experimental, la complejidad de las relaciones sentimentales a partir de cuatro momentos en la vida de una mujer. Narrada con una multiplicidad de voces y con una gran variedad de recursos, Diego Paszkowski nos acerca aquí los secretos de un mundo privado, íntimo y sutil, donde se ponen en cuestión las leyes del deseo y las disposiciones afectivas.

El autor de “Tesis sobre un homicidio” (Premio del Diario La Nación) y de “El otro Gómez”, abandona por un momento la literatura policial para ofrecernos la más delicada prosa poética.

“No me cabe duda de que es un escritor genuino”.
Adolfo Bioy Casares.

“(Paszkowski) marca el renacimiento del relato argentino con una fuerza que no se veía desde hace mucho tiempo”.
Tomás Eloy Martínez.

“Es uno de los mejores narradores de la joven literatura argentina “.
Vicente Battista, diario Clarín.

“Las novelas de Paszkowski no son buenas, son buenísimas”.
Luis Sepúlveda.

“No debería felicitarlo, sino darle las gracias por el placer de leerle”.
Justo Navarro.

 

Alrededor de Lorena
CAPÍTULO 66

           Tomadas del brazo, las mujeres pasearon por los jardines de la Editorial. Pasearon tomadas del brazo. En aquellos jardines no era extraño ver a la Directora en compañía de los más diversos visitantes, los escritores del mundo eran agasajados con desayunos de trabajo, con cenas de trabajo, con reportajes y fotógrafos y choferes a su disposición, pero el mayor de los cumplidos, lo que demostraba que uno era un escritor de la casa e instalaba para siempre en la casa la imagen del escritor de la casa –tal vez también alguna foto suya, en blanco y negro, colgada a perpetuidad en la pared de algún pasillo- era el hecho de pasear, del brazo de la Directora, por los floridos jardines de la Editorial. Desde una pequeña ventana del primer piso, el hombre sin nombre, luego con el nombre de ciertos escritores, luego escritor fantasma, vio pasear a las mujeres, vio cómo la mujer que alguna vez fuera suya, muñecas aferradas con cintas de seda, ahora paseaba con la mujer que lo dominaba, y pensó que la Directora, tan imponente, hermosa y gigantesca, también podría dominarla a ella. Cuando uno deja en manos del otro todos sus deseos, su voluntad, uno cree que en el otro todo es posible, que el otro es capaz de hacer todo posible, seducir a quien fuere. Todo es poco para el caprichoso deseo de quien nos domina, pensaba el hombre, y al ver a su mujer con aquella otra mujer (pero cuál de las dos era “su mujer” y cuál “aquella otra”) tuvo el infantil impulso de llorar, lágrimas que caen como las lágrimas caen tras el apagado vidrio de una minúscula ventana en el primer piso que lo ocultaba, pero no lo hizo, fue sólo un impulso, cambiado de pronto por la sonrisa que imprime en el rostro una determinada forma de satisfacción; cuando se ha resignado la voluntad, pensaba el hombre, la única satisfacción es la satisfacción del otro. Es curioso: lo mismo había pensado de sí misma y de él, hacía ya muchos años, la más joven y pequeña, aunque sólo en relación al cuerpo de la otra, de aquellas dos mujeres que, bajo un sol de enero, paseaban por los floridos jardines de la Editorial.

CAPÍTULO 67

           Estoy aquí pero puedo no estar aquí. Estoy aquí pero puedo estar donde lo desee, la fuerza impresionante del mero hecho de cerrar los ojos me lleva a otros lugares, a otros tiempos, a un tiempo y un lugar en el que yo era joven y, de alguna forma, era yo. Hay un momento ideal en una persona, cada uno tiene su propio momento ideal, el momento de quien alguna vez fue o el de quien pudo haber sido. Hay una forma de verse a sí mismo en la esperanza o en el recuerdo, en mi caso en el recuerdo, que puede invocarse por el simple hecho de desearlo, estoy aquí pero puedo no estar aquí, sólo eso. La fuerza de la fuerza de voluntad impulsa al hombre a verse en otras circunstancias, en otros tiempos, el cuerpo joven, y junto a nuestro cuerpo joven el joven cuerpo de una mujer. Aunque si lo deseara podría no estar aquí, aquí estoy, por la ventana veo pasar, tomadas del brazo, a las dos mujeres que, en cierto sentido, le han dado sentido a mi vida, si es que mi vida, o si algo, tiene sentido. Las veo caminar tomadas del brazo y sé que no hablan de mí, aunque sea yo el único nexo posible entre ellas. La Directora, su cuerpo incomparable de cien, ciento diez, ciento veinte kilos, ha pisado mal, ha trastabillado, y por un segundo se abre frente a ella el abismo de una caída, detenida por la presión de la mano amiga de su amiga en su brazo, una caída que no fue tal, apenas la intención de una caída que no se produjo. He visto a la mujer que alguna vez fue joven iluminar su sonrisa luego de haber ayudado a la otra mujer, que pese a su aparente juventud, arrugas por completo borradas por la tirante extensión de su cuerpo, no ha sido joven nunca, y he visto a la mujer que nunca ha sido joven agradecer a la joven mujer, lazo de afecto que nace frente a mis ojos, tras esta ventana, desde este primer piso, en aquellos jardines, ante mí toda la tarde por delante y yo pensando en estas cosas y con tanto trabajo por hacer.

© 2006, Diego Paszkowski

© 2006, Editorial Mondadori